martes, 16 de junio de 2009

Entrevista



¿A qué te refieres cuando hablas de una «novela de cuentos»?

Tanto La senda de los diálogos perdidos como Pasillos de mi memoria ajena gravitan entre el cuento y la novela, abriendo brecha a varias opciones de lectura, puedes leer un cuento/capítulo por separado o como un todo. Yo, en estos momentos, prefiero esta última opción. Podemos catalogar como novela de cuentos a algunos libros que están entre mis favoritos: Obabakoak, de Bernardo Atxaga; Hijos sin hijos y Una casa para siempre, ambos de Enrique Vila-Matas, por sólo nombrar estos tres ejemplos.

¿Hacia qué apunta ese título: La senda de los diálogos perdidos?

En nuestro mundo actual, en esta Caracas postmoderna que nunca llegó a ser moderna, la incomunicación ha sido la teoría más comunicada del siglo XX y de estos tiempos del 2000 que comienzan. La senda… es una biopsia a esta sociedad que vive y sobrevive en el caos de una metrópoli que en lugar de tener las venas abiertas, parodiando a un libro tan de moda como desfasado por estos días en Venezuela [Las venas abiertas de América Latina. Eduardo Galeano], es una ciudad que tiene las venas obstruidas y desangradas, pero de la que al mismo tiempo nos enamoramos cada día más. El horror en ocasiones puede llegar a seducir, sin que nadie se sospeche una atracción por el maltrato.

¿Cómo describirías tu relación con los personajes de La senda …?

Tal vez el reflejo de un cúmulo de personalidades que tangencial, directa, indirecta, emocional y fatalmente me han tocado en la vida. En ellos, puede verse un poco de mí. Son personajes que han andado por calles y avenidas y derroteros y puentes por los que he andado en algunos momentos yo. Y uno, al recordar sus pasos, creo, termina por describir las líneas de sus memorias.


En tu obra hay muchas referencias urbanas que apelan al contexto caraqueño, ¿crees que tu obra es local o consideras que tiene un carácter más universal? ¿Crees que personas de otras ciudades se puedan sentir identificadas con los personajes de tu narrativa?

Realmente no lo sé. Alguien dijo alguna vez, no recuerdo si fue Dalí o Picasso, si fue Hermingway o Javier Marías, si fue un vecino o alguien en el metro, alguien una vez me dijo: “Para ser universal, se debe comenzar por ser ultralocal”.


En la novela se narra un episodio en el que Venezuela se ha partido en dos a consecuencia de una falla geológica y llega a convertirse en una isla. ¿Es esto una metáfora política del país?

Puede ser, en principio es un capítulo recreado entre los años 2010 y 2040, y cuenta la vida de dos hermanos siameses. Tal vez la situación del país ha permeado en lo que se ha escrito. Aunque siempre, cuando hablamos de literatura, y la comparamos injustamente con algo tan efímero como lo político (cuando es llevado ciegamente, ¿acaso habrá algún político que escape a este síntoma?), el inminente resquebrajamiento de algo es inevitable. Por lo general, en literatura, cuando se trata de novelas políticas, éstas se circunscriben a hechos del pasado, a esos traumas que resumen un presente concreto, ya partido en dos y hasta en ocho pedazos durante lapsos de tiempo. En este caso, se trata de un cuento que nace en un futuro cercano y se detiene en la también redonda fecha de 2040. Mi intención era hacer un homenaje a Historia Universal de la infamia [Jorge Luis Borges] y Literatura nazi en América [Roberto Bolaño]. Me halaga que enfoquen este capítulo desde un punto de vista intrahistórico.


En tu obra no hay ninguna pareja con un final feliz, más bien, todas son descritas desde sus constantes desencuentros. ¿Cómo conceptualizarías el amor en La senda…?

Te contestaré parafraseando a Ricardo Piglia. Como él, pienso, existen dos temas en literatura, el crimen y el viaje. El Amor en La senda… es tanto una como la otra. Desde el desencuentro se germinan las tramas. Fantaseo con un poemario sobre el amor, o algo así, visto desde y con la tecnología. Mensajes de texto, correos electrónicos, ese skype que aún no he usado. Pero es un proyecto en ciernes, ni título tiene. Sólo aparece en mi pizarra imaginaria, en la sección Working in progress.


En tus dos novelas, de una u otra forma, rescatas historias de tu pasado, es un tema recurrente en tu narrativa. ¿Cómo ves la relación entre memoria y alma?

La memoria es el alma del aprendizaje. Todo lo que toca mis emociones me hace aprender. Me considero, tal como lo explica magistralmente bien Virginia Woolf en uno de sus ensayos, un ser que aprende más por las emociones que por métodos académicos. Uno no solamente hereda un piano o un baúl de caoba, cámaras fotográficas que alguna vez detuvieron en el tiempo instantes, también hereda gestos y mañas, costumbres y recuerdos. Desde niños, cuando nos echan nuestros abuelos un cuento antes de dormir, nos están transfiriendo memoria en los puertos USB intangibles que tenemos.

Háblame acerca de los distintos «Marios» que se encuentran en tu obra…

Esos «Marios» a los que te refieres son otras historias de mí mismo. Por ejemplo, en Pasillos…, el joven Mario Morenza decide encerrarse en su cuarto a esperar el fin del mundo. Es como una fabulación […] es como un adaptation de mi vida, así como hizo Charly Kaufman con la suya.


¿Y el humor?

El humor está allí para hacernos reflexionar, criticar. El humor es el estado más alto de la inteligencia. Gracias, de hecho, al humor y a la obra literaria de Otrova Gomas, llegué a la literatura. El humor me rescató de lo que me estaba perdiendo.

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